La tormenta apenas comienza

Análisis
Author
Peter Mertens, secretario general del Partido de los Trabajadores de Bélgica
https://petermertensinternational.substack.com/p/the-storm-has-only-just-begun

En toda Europa, el gasto social se reduce para financiar la guerra, y una ola de resistencia está en aumento. ¿Pueden la lucha contra la austeridad y la lucha contra la guerra convertirse en una sola y misma batalla?  

Discurso de Peter Mertens en la concentración «Welfare, Not Warfare» (Bienestar social, no guerra) en Londres, el viernes 23 de octubre de 2026.  

Camaradas:

Esta semana, la BBC anunció la primera tormenta de la temporada. Una tormenta que incluso tiene nombre: Austen. Pero esta tormenta no está sola. Hay otra. Una tormenta que no figura en ningún mapa meteorológico, que no conoce fronteras y que se propaga de un país a otro.

Y esta tormenta también tiene un nombre: la lucha de clases.

Algunos temían que ya no hubiera grandes movimientos sociales. Que la gente se resignara a la austeridad, a la militarización y al desmantelamiento de sus derechos sociales. Que las nuevas generaciones aceptaran dócilmente un futuro cada vez más incierto.

Queridos amigos, queridos camaradas: basta con mirar a nuestro alrededor.

En Bélgica, los sindicatos se movilizan desde hace más de un año contra los ataques a las pensiones y la seguridad social. El 9 de octubre, 50.000 personas volvieron a salir a las calles, y ya está prevista una nueva gran movilización nacional para finales de noviembre.

En España, decenas de miles de personas salieron a las calles tras el desalojo de Maricarmen Abascal, de 87 años, de la vivienda en la que había residido durante más de setenta años. Su historia se ha convertido en un símbolo de la crisis de la vivienda y ha dado impulso a un movimiento de inquilinos, jóvenes y ciudadanos que reivindican el derecho a una vivienda asequible.

En Albania, decenas de miles de estudiantes y jóvenes se rebelan contra la corrupción, el aumento del coste de los estudios, la represión y un futuro sin perspectivas. Mientras los complejos de lujo y los proyectos inmobiliarios brotan como hongos, los jóvenes apenas pueden permitirse acceder a una vivienda propia.

En Irlanda, más de 300.000 profesores, enfermeros, médicos y funcionarios han dejado de trabajar en la mayor huelga de los últimos veinte años.

En Italia, más de 100.000 personas se reunieron en Roma para reclamar salarios y pensiones más altos, una mejor atención sanitaria y una mejor enseñanza, y para protestar contra la militarización. Y los sindicatos ya han anunciado una nueva huelga general para el 20 de noviembre.

¡Y luego está Francia! El 13 de octubre, 480.000 personas salieron a las calles. Cuatro días después, ya eran 800.000. Alumnos, estudiantes, trabajadores, jubilados y sindicalistas, junto a los chalecos amarillos y todo tipo de movimientos sociales. Toda una generación que se niega a que le roben su futuro.

Una nueva ola de resistencia social está en marcha en todo el continente.

Y, sin embargo, rara vez se considera como un todo.

Una huelga en Irlanda, una manifestación estudiantil en Albania, una plaza ocupada en Madrid, cientos de miles de personas en las calles de Francia: todo se observa por separado, como si estos movimientos no tuvieran nada que ver unos con otros.

Todo lo contrario: la tormenta es continental.

 

Así que no, el problema no es que no haya movimientos de masas. El problema es que aún no somos plenamente conscientes de la magnitud de estos movimientos, del alcance de la resistencia y del número de personas que, en diferentes países, libran en realidad la misma batalla. 

Una batalla contra un gigantesco atraco.

Lo que se está preparando hoy no es simplemente una nueva ola de austeridad.

Es una redistribución profunda de la riqueza de la sociedad.

Se lleva a cabo en detrimento de la seguridad social, los servicios públicos y las necesidades de la población, y en beneficio de la industria bélica, las instituciones militares y los grandes grupos capitalistas.

«Todo el mundo debe hacer sacrificios», se nos dice. «No hay dinero; debemos rebajar nuestras expectativas». Esto es lo que nos dicen en Bélgica, los Países Bajos, Alemania, Francia y Gran Bretaña. Pero, al parecer, hay un ministerio que nunca tiene que hacer sacrificios: el Ministerio de Defensa.

En Bélgica, todos los ministerios deben hacer recortes, excepto el de Defensa. Este recibe 34.000 millones de euros adicionales. Hemos pedido consultar la lista de la compra del Ministerio de Defensa.

¿Y qué encontramos en ella? La mitad de esta lista no corresponde a material de defensa, sino a material de intervención: drones asesinos, cazas F-35, fragatas y vehículos blindados de combate destinados a intervenir en el Sahel y en el Congo para garantizar el acceso a los minerales y las materias primas.

Lo que se está construyendo no es una defensa europea. Es un ejército imperialista europeo financiado con el dinero que necesitamos con urgencia para nuestra enseñanza, nuestra atención sanitaria y nuestras pensiones.
Y ese es el meollo del problema. No se trata solo de cuánto dinero se gasta, sino también de qué tipo de sociedad queremos construir.

En Estados Unidos, vemos a dónde conduce este modelo: presupuestos militares gigantescos, mientras millones de personas no tienen acceso a una atención sanitaria asequible. Es una sociedad en la que una sola hospitalización o una enfermedad grave puede arruinar económicamente a una familia.

¿Es este el futuro que imaginan para Europa? ¿Un continente con más aviones de combate, pero menos bomberos? ¿Más soldados, pero menos profesores? ¿Más cuarteles militares, pero menos escuelas?

Es una decisión fundamental sobre el modelo de sociedad, y cada vez más gente empieza a comprender lo que está en juego.

En Francia, cientos de miles de jóvenes se movilizan en torno a una de las reivindicaciones más constructivas que se puedan imaginar: quieren una mejor enseñanza. Quieren que sus talentos, su creatividad y su energía sirvan para hacer avanzar a la sociedad, en lugar de desperdiciarse en una industria de destrucción y guerra.

Es un mensaje increíblemente positivo, ¿no?

¿Y qué respuesta se les da a estos jóvenes? La porra, los gases lacrimógenos, el despliegue del ejército, la prohibición de manifestarse. La militarización en el exterior siempre va de la mano de la militarización en el interior. Siempre.

También lo vemos en Bélgica. Tras las manifestaciones de estudiantes en Bruselas, el ministro de Defensa, Theo Francken, declaró que los jóvenes necesitaban campamentos militares y reeducación militar. 

Una de las jóvenes líderes del movimiento estudiantil en Bruselas, Louise Mandjombe, de diecisiete años, le dio una respuesta brillante: «Existe un lugar genial para educar y formar a los jóvenes. No se llama campamento militar, sino escuela. Y es ahí donde habría que invertir».

Me parece una réplica fantástica, porque resume en pocas frases toda la contradicción de nuestra época. Por un lado, una joven generación que reclama enseñanza, oportunidades y un futuro. Y del otro, una élite política que razona cada vez más en términos de armas, cuarteles y disciplina militar.

Y esto nos lleva a la que, en mi opinión, es la gran pregunta estratégica del período que se avecina.

La cuestión no es si seguirá habiendo grandes movimientos sociales. Ya están aquí y van a seguir creciendo. La gran pregunta es si el movimiento contra la austeridad se fusionará con el movimiento contra la guerra y la militarización.

Hasta ahora, estos dos movimientos avanzan en paralelo. Por un lado, los sindicatos, los trabajadores, los jóvenes y los jubilados que luchan contra el desmantelamiento de la seguridad social y los servicios públicos. Y del otro, el movimiento por la paz, los jóvenes que se oponen al servicio militar obligatorio y las personas que se niegan a ser arrastradas a una nueva carrera de armamentos.

Pero estos dos movimientos no libran batallas separadas. Se enfrentan a las mismas decisiones sobre el modelo de sociedad, a los mismos intereses económicos y al mismo sistema que coloca el beneficio y el poder militar por encima de las necesidades de la población.

Y, en cada vez más lugares, estos movimientos convergen. «Welfare, Not Warfare» reúne a estos dos movimientos. Precisamente por eso esta iniciativa es tan crucial.

Para mostrar lo que sucede hoy en toda Europa, me gustaría citar una fuente particularmente «fiable»: Fox News.

En una «investigación digital», Fox News descubrió —y cito— que «un número creciente de organizaciones comunistas, socialistas y otras organizaciones de izquierda radical responden al llamamiento a una huelga coordinada de la juventud europea el 20 de noviembre».

Amigos míos, puedo equivocarme, pero tengo la impresión de que están empezando a ponerse un poco nerviosos. Porque sí: el 20 de noviembre, alumnos y estudiantes harán huelga en toda Europa y, ese mismo fin de semana, los sindicatos volverán a movilizarse.

Por eso Fox News tiene miedo. Por eso nuestro ministro de Defensa tiene miedo. Por eso intentan reavivar el viejo miedo al peligro rojo.

Camaradas,

La historia no avanza en línea recta. Tiene altibajos, períodos de estancamiento y momentos de cambio repentino.

Aquellos que piensan de manera lineal parten de la premisa de que lo que hoy es grande y poderoso lo seguirá siendo siempre, y de que lo que hoy es pequeño siempre seguirá siendo pequeño.

Pero aquellos que comprenden que solo estamos al principio de una tormenta también saben que lo que parece todopoderoso hoy puede desaparecer mañana, y que lo que hoy todavía es pequeño puede convertirse muy rápidamente en una gran fuerza.

El inconveniente de una tormenta es que puede ir en todas las direcciones. Pero su ventaja es que también puede despertar de golpe a mucha gente que llevaba años dormida.

En los períodos de estancamiento, la gente aprende lentamente. En los períodos de lucha, muchas personas pueden aprender muy rápido. Personas que pensaban que estaban solas pueden reencontrarse. Pueden descubrir todo lo que tienen en común y la fuerza que pueden desarrollar juntas.

Esto es lo que vemos hoy, de Roma a Madrid, de Bruselas a Dublín, de París a Londres.
Nos corresponde a nosotros, camaradas, conectar estos movimientos entre sí y dar una dirección a la tormenta. No para poner parches al capitalismo ni para darle otra cara al imperialismo, sino para cambiarlo todo. Para cambiarlo todo y construir el socialismo.

Porque la tormenta no ha terminado.

La tormenta apenas comienza.
 

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