«Frente a un sistema que se resquebraja, la solidaridad siembra la esperanza»

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Raoul Hedebouw, presidente del PTB
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Descubre el discurso de Raoul Hedebouw durante el acto principal de ManiFiesta 2026.

Queridos amigos y amigas, queridos camaradas,

Lo que estamos viviendo hoy, es solidaridad. Eso es lo que representáis hoy. Solidaridad es ManiFiesta, donde este fin de semana somos más de 17 000 personas. Solidaridad es todo el voluntariado que hace posible esta fiesta. Muchísimas gracias, de verdad, a todas y a todos por vuestro compromiso.

Solidaridad es también lo que hemos vivido este verano en el parque de las Hautes Fagnes.

Igual que a muchos de vosotros, las imágenes me han impactado. La Fagne en llamas. El humo. El incendio que se extiende formando una larga franja de fuego en el horizonte. Conmocionado. Triste. Atónito.

Y entonces escuché a Pierre Kringels en la televisión. Pierre es agricultor. Había venido para ayudar. Enganchar el remolque a la cisterna, llenar el depósito en la presa y volver hacia el frente del incendio. Toda la noche. Junto a los bomberos procedentes de todo el país. Y no estaba solo. Había cientos de personas como él.

Pierre contaba que llevaba 44 horas sin dormir para poder traer agua. «Me voy a casa a dormir unas horas», decía. «Esta noche volveré para echar una mano. Somos solidarios, avanzamos juntos, nos damos la mano».

Pierre es alguien como vosotros, como yo.

Y esa es la solidaridad que celebramos aquí en ManiFiesta. La solidaridad de gente corriente que hace cosas extraordinarias. La solidaridad de todas aquellas personas que se apoyan mutuamente mientras el sistema se resquebraja y los gobiernos fracasan. Esta solidaridad, queridos amigos y camaradas, siempre surge desde abajo. Esa es nuestra fuerza.

Queridos amigos y camaradas, hemos vivido un verano que no olvidaremos fácilmente. Un verano de calor extremo. Incendios como nunca antes se habían visto. Casi 3.000 personas han fallecido —y no por un virus, ni por un accidente, sino debido al calor—.

Y este verano, que creíamos que iba a ser la excepción, corre el riesgo de convertirse en la norma, debido a la crisis climática.

Angelo Carlucci, nuestro camarada de la CGT, el bombero que estaba aquí hace un momento, lo recordaba: hace ya más de 40 años que los científicos nos alertan sobre la crisis climática. Sin embargo, la transición energética se encuentra totalmente estancada y las emisiones de gases de efecto invernadero siguen aumentando.

No es porque la tecnología verde no exista. Tampoco es porque falte dinero. Es, simple y llanamente, porque seguir invirtiendo en energías fósiles reporta más beneficios a las grandes multinacionales petroleras.

Lo que hemos visto este verano es cómo la lógica del capitalismo —la de obtener beneficios para obtener aún más beneficios— choca con la lógica de nuestro planeta. El único lugar de este universo donde podemos vivir los seres humanos.

Según esta lógica, la naturaleza es un vertedero. El ser humano, un coste. Y el beneficio, sagrado.

El calor extremo del verano lo ha vuelto a demostrar.

Solo bajo el capitalismo puede ocurrir que, en plena ola de calor, la dirección de unos grandes almacenes decida triplicar el precio de los ventiladores, al mismo tiempo que se niega a que las cajeras tengan uno a su disposición.

Solo bajo el capitalismo se paran las fábricas cuando las máquinas se calientan demasiado, mientras que los trabajadores tienen que seguir trabajando incluso cuando el calor se vuelve insoportable.

Es el beneficio quien todo lo decide. No las necesidades ni la salud de las personas.

Mientras que el planeta se quema, la industria de los combustibles fósiles obtiene beneficios récord. Y esto no es casualidad. El sistema capitalista hace aquello para lo que fue concebido. Y eso es justamente, queridos amigos y camaradas, lo que queremos cambiar.

De hecho, es ese mismo ánimo de lucro lo que impulsa a las multinacionales y a sus gobiernos, tanto en EE. UU. como en Europa, a recurrir a la forma más salvaje de destrucción de la humanidad y la naturaleza, esto es... a la guerra.

La guerra se debe a que Estados Unidos está viendo cómo el poder se le escapa de las manos con el auge de otros actores económicos.

Hacen la guerra porque su dominio sobre el mundo se ve cada vez más cuestionado.

El motivo por el que los Estados Unidos secuestran a los dirigentes de otros países, bombardean a otros pueblos o los asfixian económicamente si se niegan a someterse a su orden mundial, es que hay una crisis económica en el centro imperialista.

Necesitan conquistar nuevos mercados. Controlar las rutas comerciales y las materias primas. Asegurar los márgenes de beneficio. Y debilitar a sus competidores.

Es por todas estas razones por las que Trump libra sus guerras a lo largo y ancho del planeta. Desde la llegada de Trump, nada menos que nueve países han sido bombardeados por Estados Unidos.

Y son estas mismas razones las que mueven a Theo Francken y a Georges-Louis Bouchez a apoyarle en sus crímenes de guerra. Según ellos, las guerras de Trump son también nuestras guerras. Sin ningún tipo de vergüenza.

Pero, ¿quién paga el precio? Los pueblos del mundo. Las personas que mueren bajo las bombas o que se ven obligadas a emprender el camino del exilio. Los padres que han perdido a sus hijos. Las personas mutiladas de por vida. Y también nosotros, aquí, con nuestro poder adquisitivo.

Porque, mientras sigue la guerra en el estrecho de Ormuz, aquí están ocurriendo dos cosas.

Por un lado, nuestra factura energética se dispara.

Y por otro lado, las ocho mayores multinacionales petroleras han obtenido cerca de 80.000 millones de euros de beneficios, en tan solo tres meses. Casi el doble que el año anterior.

El precio que nosotros pagamos de más es lo que obtienen esas grandes petroleras de más.

Y esto tampoco es casualidad, queridos amigos.

Es esta misma lógica la que nos negamos a aceptar aquí en ManiFiesta.

Y frente a esta lógica, vamos a construir una alternativa.

Queridos amigos, queridos camaradas: en este mundo que se resquebraja, nuestro Gobierno, por su parte, hace exactamente lo contrario de lo que debería hacer.

Cuando Theo Francken supuestamente avistó unos drones sobre Zaventem, se convocó de inmediato una reunión de emergencia del Consejo Nacional de Seguridad. Y se pusieron 50 millones de euros sobre la mesa. Rápidamente.

¿Y por las 3.000 víctimas mortales de la ola de calor de este verano? ¿O cuando las Fagnes se estaban convirtiendo en cenizas? Nada. Ni reunión de emergencia. Ni planes de emergencia. Ni un solo euro encima de la mesa. Bomberos, residencias de ancianos, guarderías... que se apañen como puedan.

En cambio, ¿qué es lo que sí que ha hecho el Gobierno este verano, cuando los precios de la energía amenazaban con dispararse? Aumentar los impuestos especiales. ¡Encarecer aún más el gas! ¿A quién se le puede ocurrir algo semejante?

Invierten miles y miles de millones en la compra de material bélico, dejan que el clima se vaya a la deriva, encarecen nuestras facturas… ¿y qué nos dice Theo Francken, desde el borde de su piscina? «¡LEEF!»  «¡VIVID!» Tomáos una cervecita y, sobre todo, dejad de quejaros.

¡Esa es lógica, queridos amigos, que nunca aceptaremos!

Si hay algo que este Gobierno nos ha repetido una y otra vez es que no hay dinero. ¿Para las pensiones? No hay dinero. ¿Para los sueldos? No hay dinero. ¿Para el medioambiente? No hay dinero.

Pero tengo una buena noticia para el Gobierno: nosotros sí que hemos encontrado el dinero.

Nuestro departamento de estudios ha analizado al 1 % más rico de Bélgica. ¿Y qué es lo que hemos descubierto? Que en el último año se ha enriquecido en 22.000 millones de euros. ¡22.000 millones más! En un año. Al mismo tiempo, el 50 % de las personas con menos ingresos ha perdido poder adquisitivo.

Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Eso es lo que queremos cambiar con el PTB.

En cuanto hablamos de que los superricos deben contribuir, siempre hay una persona que se opone y que se dedica a ir montando el pollo por los platós de televisión, exclamando lo tremendamente injusto que sería ponerle un impuesto a los superricos. Seguro que ya habéis adivinado de quién estoy hablando. Me refiero, evidentemente, a Georges-Louis Bouchez.

¿Y qué nos dice Georges-Louis Bouchez? «Ah, no vamos a poner otro impuesto más».

Pero señor Bouchez, cuando se trata de subirle los impuestos a las personas trabajadoras, no hay ningún problema. Para imponer una tasa de circulación que paga el pueblo llano... ahí sí que hay barra libre. No muestran ningún reparo tampoco en aumentar el impuesto sobre los bienes inmuebles en todo el país, después de haber asfixiado a los municipios. ¿Aumentar la matrícula de los estudiantes a 1 200 euros? Tranquilamente. ¿Aumentar los impuestos especiales sobre el gas en plena crisis energética? Un plan brillante. En cambio cuando se trata de hacer que los multimillonarios paguen, ahí sí que se oponen radicalmente. ¡Qué hipocresía!

Pero nadie puede detener una idea cuyo momento ha llegado. Más del 80 % de la población apoya el impuesto a los millonarios, señor Bouchez. Los movimientos sociales están detrás de esta medida. ¡Juntos, hagamos que esta idea se convierta en realidad, amigos!

Queremos un verdadero impuesto a los millonarios. The Real One. El de verdad. ¿Por qué el de verdad y no una copia barata? Porque realmente solo hay que gravar al 1 % más rico. Sin escapatorias. Sin ninguna puerta para la evasión. Debe ser ambicioso y generar como mínimo 8 mil millones de recaudación.

¿Habéis oído eso? Vooruit ha lanzado una petición a favor de un impuesto a los millonarios. Y «Les Engagés» alardean en los programas de televisión diciendo que quieren gravar el patrimonio. ¡Vaya, vaya!

Como ya sabéis, para nosotros no se trata de un «copyright», sino de «copyleft». Cualquiera puede hacerse eco de nuestras propuestas; cuantas más haya, mejor. Pero nada de copias baratas, ¿eh? Nada de minimpuestos que luego sirvan de excusa para colarnos una nueva ola de austeridad.

Porque, queridos amigos de Vooruit y Les Engagés: mientras vosotros habéis estado en el Gobierno, el 1 % más rico se ha enriquecido en 22.000 millones de euros en un año. Y no habéis ido a buscar nada en absoluto. Durante ese mismo período, la mitad de la población perdió poder adquisitivo. Más bien hemos sido los trabajadores quienes hemos tenido que apoquinar. Con el robo de las pensiones. Con el bloqueo del índice salarial. Con Frank Vandenbroucke, encareciendo los medicamentos más caros. Esto tiene que parar.

No necesitamos una copia barata. Necesitamos un verdadero impuesto a los millonarios, el de verdad. Porque ese es precisamente vuestro problema. No estáis buscando una alternativa frente a todas esas medidas de ahorro. Estáis buscando una excusa para subir el IVA y encarecer la asistencia médica.

Un verdadero impuesto a los millonarios va a buscar el dinero allí donde se encuentra: entre los superricos y los multimillonarios. Y recauda como mínimo 8.000 millones. Eso es lo que necesitamos hoy.

Se nota en todas partes, queridos amigos y camaradas: el discurso del Gobierno ya no cuela. La cantinela esa de que «no hay alternativa». Claro que hay una alternativa. Con el impuesto a los millonarios. Con el fin de la carrera armamentística. Con la refinanciación de nuestra Seguridad Social.

Por cierto —me permito hacer un paréntesis—, como esa palabrería ya no cuela, el Gobierno está intentando silenciar esta alternativa. Intenta criminalizar la resistencia social y coartar el derecho de manifestación y de asociación.

Pero no os equivoquéis: esas medidas antidemocráticas no son una muestra de fuerza. Son un signo de debilidad. Porque un gobierno que confía en el apoyo popular no necesita silenciar a la gente, ni tampoco teme a la resistencia.

Camaradas, esta noche, Manu Chao estará aquí, en este escenario. Tengo que decíroslo: soy un auténtico fan. Y, sobre todo, de mi álbum favorito: «Próxima Estación: Esperanza». Próxima estación: Esperanza.

Lo que Manu Chao nos canta es que nunca hay que rendirse. Por nuestros hijos. Por nuestros amigos. Por nuestra clase.

Y es ahora cuando me vuelve a la mente Pierre Kringels. Un agricultor que coge su tractor, llena la cisterna y se dirige hacia el incendio de las Fagnes. Entonces llega un segundo. Y un tercero... Cientos de personas se ponen en marcha. «Somos solidarios, avanzamos juntos, nos damos la mano»

En ese gesto, en esa solidaridad, se encuentra el germen de otro mundo.

Con cada acción, cada manifestación, cada huelga, con miles de pequeños gestos de solidaridad y resistencia, vamos construyendo paso a paso un nuevo equilibrio de poder. Y esto sucede en todas partes.

Frente a Trump, millones de personas salen a la calle. En Minneapolis, la clase trabajadora se movilizó contra las tropas del ICE, enviadas para sembrar el miedo y perseguir a la gente.

En Alemania, una nueva generación de jóvenes salió por primera vez de sus aulas y de los talleres, para decir: no al servicio militar, no a los miles de millones destinados a la guerra.

Frente al genocidio en Palestina se levanta todo un movimiento de solidaridad internacional cada vez más y más amplio.

Y fijáos en nuestro propio país. Bart De Wever y Bouchez querían, junto con su Gobierno, arrollarnos como una apisonadora con su programa de desmantelamiento social y militarización.

Pero frente a esa fuerza arrolladora, ha surgido un movimiento como no se había visto en años. Cientos de miles de personas en la calle. Huelgas generales. El personal sanitario, ferroviario, obrero y docente, los jóvenes, los empleados, los bomberos. Y muchos otros sectores.

También personas del mundo de la cultura, del movimiento feminista y de muchos otros ámbitos. Personas que nunca habían hecho huelga y que, por primera vez, se han sumado al movimiento social. Con jóvenes presentes en todas partes en estas manifestaciones. Muchísimos jóvenes.

Y la lucha sigue, camaradas.

Por eso quiero decir hoy, aquí, una cosa muy clara. A Bart De Wever. A Bouchez. A todo el Gobierno. El movimiento social no se va a detener.

Los sindicatos han convocado una manifestación nacional el 9 de octubre y otras acciones posteriores contra las nuevas medidas de austeridad. Tienen toda la razón. Allí estaremos y seremos muchos.

El Gobierno quería convencernos de que trabajar más tiempo era algo inevitable. Que la austeridad era algo necesario. Que los miles de millones destinados a las armas se daban por sentado. Que la gente tuviera que volver a pagar mientras los superricos se libraban.

Pero el Gobierno ha perdido el debate acerca de la legitimidad de sus medidas. Dos tercios del país apoyan o al menos entienden este movimiento social. La mayoría considera que este Gobierno se enfrenta a las personas mayores, a las personas enfermas y a las mujeres, mientras protege a los más ricos. El apoyo al aumento del gasto militar se está desmoronando.

Sin embargo, cada vez que proponemos alternativas que se salen del marco dominante, el Gobierno responde: «Eso no es realista». Pero si ese marco nos conduce sin cesar a la guerra, a la desintegración social y al caos climático, entonces no es nuestra ambición la que resulta poco realista. Lo que resulta poco realista es seguir dentro de ese marco. Si el marco ya no se sostiene, hay que salir de ahí.

Sí, necesitamos otra sociedad. Que no gire en torno a los beneficios, sino a las necesidades de las personas y de nuestro planeta. Una sociedad en la que no primen los intereses de un pequeño grupo, sino los de la mayoría social. Una sociedad socialista.

No es un sueño lejano. Es una lucha que ya está en marcha. Y ahí es también donde radica nuestro papel como partido.

Queremos estar al lado de todas esas personas que se ponen en marcha. Junto a quienes luchan por el poder adquisitivo. Junto a quienes quieren que los millonarios paguen. Junto a los trabajadores y trabajadoras que defienden su pensión y su salario. Junto a los jóvenes que se oponen a la militarización. Junto a todas aquellas personas que denuncian la política belicista de Trump. Junto al movimiento por Palestina. Junto a quienes luchan por una transición climática justa. Junto a los bomberos y a los agricultores que protegen la naturaleza. Y de todas aquellas personas que, hoy, a veces por primera vez, dicen: «Ya no voy a aceptar más esto».

Nuestra función consiste en apoyar a estas fuerzas, unirlas y reforzarlas. Convertir las luchas aisladas en solidaridad. La solidaridad en organización. Y la organización en una fuerza capaz de cambiar la sociedad.

Por eso, durante el próximo año, estaremos al lado de todas esas personas que luchan. No solo para bloquear lo que quieren imponernos, sino para construir algo diferente juntos.

Otra lógica. Otra sociedad. Otro mundo.

Un mundo que responda a los intereses de las personas trabajadoras.

Ese mundo se llama socialismo.

Y verá la luz gracias a nuestras luchas. En todo el mundo.

Vamos a por todas en esta lucha. Gracias, ManiFiesta.
 

«Necesitamos un auténtico impuesto a los millonarios»


 

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