"El optimismo, ante todo, no es un 'estado' sino un combate"
¿Es usted optimista? Esta es la pregunta que nos hicieron a Anne Delespaul -miembro de la Ejecutiva del PTB y responsable de provincias- y a mí durante la Escuela Karl Marx organizada por Comac, el movimiento estudiantil del PTB. "El optimismo, ante todo, no es un 'estado' sino un combate" -respondí-. Me gustaría retomar algunas de las cuestiones planteadas.

El optimismo es un combate
¿Cuál es la alternativa al optimismo? Algunos responden: "No soy optimista, soy realista". Pero, ¿qué significa exactamente esta palabra? Y, sobre todo, ¿a qué conduce realmente, en términos de acción y ambición? Muy a menudo, este supuesto "realismo" no es una fría descripción del mundo sino un refugio. La idea de que, independientemente de lo que hagamos, nada cambiará en lo fundamental, por un lado; y por otro lado el sentimiento de estar condenados a soportar un sistema que explota, oprime y destruye tanto a los seres humanos como a la naturaleza; sirven como explicación para la inacción y como justificación del fatalismo y la impotencia.
Este fatalismo no cae del cielo: se introduce en la sociedad y en las mentes, porque sirve a unos determinados intereses. Nos repliega, nos aísla, nos estrecha. Estrecha el horizonte hasta volverlo inofensivo: "Voy a intentar primero cambiar las cosas que me rodean". Después, casi mecánicamente, este realismo acaba convirtiendo las grandes preguntas en imposibilidades: ¿cambiar toda la sociedad? Imposible, dicen los "realistas". Y lo que llaman realismo se convierte sobre todo en un enorme pesimismo ante las ambiciones de cambio, una forma de hacer las paces con el orden existente catalogándolo de insuperable.
Así pues, el optimismo y el pesimismo no son sentimientos neutros. Uno alimenta el movimiento emancipador y el otro sirve objetivamente a los intereses de quienes dominan, en tanto que conduce a la inacción. Al conjunto de la clase dominante le interesa que quienes desafían su poder duden de su propia fuerza. Para ellos, el pesimismo de abajo es una póliza de seguro: la certeza de que su dominación puede continuar. Si luchan tan activamente para que el pesimismo y la sensación de impotencia reinen abajo, es precisamente para poder seguir reinando ellos desde arriba.
Por tanto, el optimismo es, ante todo, un combate. Un combate contra las ideas que nos han instalado para desarmarnos.
Ninguna obra humana es eterna
No se trata de un combate nuevo. Una constante de las sociedades explotadoras consiste en hacer creer que el orden existente es natural, inevitable y eterno. Algunos regímenes han invocado la gracia divina para justificar su eternidad: Luis XIV afirmaba ser rey por derecho divino. El mecanismo siempre es el mismo: hacer creer que los tiempos de la dominación nunca cambiarán, que luchar es inútil -o que incluso refuerza la dominación- y que el futuro será una simple repetición del presente.
La probabilidad de que el mañana se parezca al hoy es obviamente alta. Sin embargo, la historia nos enseña que algunos mañanas son muy diferentes al ayer. Los sistemas más duraderos acaban cayendo por el peso de sus propias contradicciones y de la lucha de clases. Marx explica: "Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado." (K. Marx, Le 18 Brumaire de Louis Bonaparte, 1851). En otras palabras: nada está escrito de antemano, pero nada se hace tampoco fuera de una determinada relación de fuerzas existente. Es precisamente por eso por lo que el optimismo es un combate.
Dominar por la división, la competición y aislamiento
Las clases dominantes trabajan constantemente generando división, competición y aislamiento, para así extender el pesimismo y la resignación. En la sociedad capitalista, el poder se sitúa en dos polos: el polo del capital y el polo del número. El capital domina gracias a los recursos concentrados que puede activar: economía, medios de comunicación, instituciones, cultura, represión.
El polo del número, por su parte, está formado por la clase obrera y también por todos aquellos estamentos que, de una u otra forma, entran en conflicto con el polo del capital: los trabajadores autónomos asfixiados, el sector agrícola, la juventud, los demócratas y tantos otros... Pero esta fuerza del "número" no tiene nada de milagroso. Se necesita un trabajo minucioso, lento y constante para construirla, tanto en el plano cuantitativo (ser el mayor número posible), como en el plano cualitativo (grado de organización y de concienciación). Y los que están al otro lado de la valla son bien conscientes de ello: intentan establecer mil jerarquías entre nosotros, hacernos competir entre nosotros, aislarnos unos de otros. El objetivo es siempre el mismo: transformar una mayoría social potencialmente poderosa y consciente de sus intereses, en una yuxtaposición de individuos débiles, aislados y divididos, a veces enfrentados entre sí.
El sueño último del capitalismo es reinar sobre una suma de individuos. En orígen los trabajadores de las fábricas eran contratados con salarios y en condiciones de trabajo muy diferentes, con una competición sistemática entre categorías. Marx lo expresaba sin rodeos: "El capital es una fuerza social concentrada, mientras el obrero no dispone más que de su fuerza de trabajo. (...) La única fuerza social de los obreros está en su número. Pero, la fuerza numérica se reduce a la nada por la desunión." (Instrucción sobre diversos problemas a los delegados del Consejo Central Provisional de la AIT, agosto de 1866, Karl Marx).
Esta división adopta cada día nuevas formas. Ya desde el colegio, el fracaso y el error se convierten a menudo en fuentes de exclusión y marginación, en lugar de concebirse como oportunidades para el aprendizaje, el refuerzo o el apoyo mutuo. El éxito se construye fácilmente contra el otro: soy el primero, así que soy mejor que. Las clasificaciones, los exámenes y las jerarquías siguen esta lógica. El mismo mecanismo se encuentra en los centros de trabajo, donde los errores pueden conllevar un castigo, un descenso de categoría o incluso el despido. Y el capitalismo también pone en marcha el racismo, el sexismo y todas las formas de opresión disponibles para crear una sociedad en la que las personas trabajadoras, y la población en general, estén lo más divididas, aisladas y desconfiadas posible.
La represión o el terror: muestras de debilidad, no de fuerza
Cuando la convicción y la división ya no bastan, las clases dominantes recurren a la fuerza: represión, intimidación y a veces terror. El objetivo es acabar con cualquier intento de rebelión y neutralizar a quienes le prenden fuego a la resignación. Lo estamos viendo hoy en Bélgica con los ataques a los derechos democráticos: leyes que prohíben las llamadas organizaciones radicales, prohibiciones sobre las manifestaciones, restricciones del derecho de huelga y de reunión, criminalización de ciertas formas de acción colectiva.
En Estados Unidos también estamos asistiendo a una represión de los dirigentes del movimiento contra el genocidio en Gaza, empezando por los dirigentes de nacionalidad extranjera. No es un detalle menor: es un mensaje enviado a todos aquellos y aquellas que quisieran movilizarse, una advertencia diseñada para aislar, intimidar y dividir.
En el plano internacional, esta misma lógica también aparece en la agresividad imperialista. La nostalgia colonial es cada vez más evidente. El Secretario de Estado estadounidense Marco Rubio declaró en la Conferencia de Seguridad de Múnich (febrero de 2026) que: "Es un camino que ya hemos recorrido juntos en el pasado y que esperamos volver a recorrer juntos. Durante los cinco siglos anteriores al final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente se había expandido: sus misioneros, peregrinos, soldados y exploradores salían de sus costas para cruzar océanos, colonizar nuevos continentes y construir vastos imperios que se extendían por todo el planeta." Este tipo de relatos no son inocentes: es una manera de legitimar la idea de que dominar el mundo sería algo así como una vocación "natural" de Occidente, y que necesitamos resucitar aquel "espíritu" de conquista.
Pero cuanto más obligado se ve un régimen -y las clases dominantes de ese sistema- a dominar mediante la represión, o mediante la guerra en la escena internacional, más se desvela su debilidad. Se desvela que ya no pueden obtener el consentimiento por los medios "normales", que ya no pueden seguir conteniendo la disidencia y que necesitan emplear la fuerza bruta para perpetuar su dominación. El autoritarismo aumenta en todas partes y el imperialismo se hace más fuerte. Esto no cae del cielo: es también la contradicción de un capitalismo que ya no puede conciliar su sed de beneficios, con la competencia mundial, el caos climático y la resistencia popular -en el Sur global, pero también aquí en casa, contra la regresión de los derechos sociales y la degradación ecológica-. El capitalismo ya no puede controlar todas las contradicciones que engendra, ni las luchas que estas contradicciones crean. Por eso recurre a medios más agresivos. Lo que parece un signo de fortaleza es, ante todo, un signo de fragilidad.
Los componentes del optimismo
El optimismo es un combate contra quienes quieren que permanezcamos en el pesimismo, la impotencia y la inactividad. Un combate llevado a cabo sin ingenuidad: los multimillonarios y sus ideólogos están dispuestos a todo para preservar la explotación y la dominación. El futuro que nos tienen reservado quienes mueven los hilos del capitalismo no es positivo ni para nosotros ni para las futuras generaciones. Pero esta agresividad es también un signo de inestabilidad: revela la incapacidad de las élites para gobernar, a largo plazo, un sistema en crisis. Ser optimista no significa creer que la victoria es segura. Significa considerar que la historia aún no está escrita.
Para construir el optimismo, hay que reunir varios ingredientes.
Primero la acción. El optimismo no se construye desde la inacción, en modo espectador. Tampoco se construye comentando la realidad, sino intentando transformarla. La acción no garantiza la victoria, pero rompe con la impotencia. Genera movimiento allí donde otros nos quieren ver estancados. Y cada lucha que arranca una victoria, aunque sea parcial, transforma la conciencia de quienes participan en ella: aprendemos que podemos marcar la diferencia, que podemos conseguir que se muevan las líneas, que no estamos condenados a aguantar.
Esta energía se alimenta de lo que hacemos nosotros mismos, pero también de lo que hacen los demás. Viene de quienes se levantan cuando nos quieren ver con la cabeza agachada: de la clase trabajadora de Minneapolis (EEUU) que, a menos 30 grados, se declaró en huelga para echar a las tropas del ICE enviadas por Trump para aterrorizar la ciudad mediante la caza de personas extranjeras; de quienes protagonizaron más de 13 acciones nacionales el año pasado en Bélgica e hicieron retroceder al gobierno Arizona en lo que respecta a las pensiones y a los ataques contra los derechos democráticos; de quienes luchan en condiciones tan duras como el pueblo palestino frente al genocidio, o el pueblo cubano contra la asfixia impuesta por Estados Unidos. También proviene de la inspiración histórica, como por ejemplo la resistencia antifascista: es la prueba de que, incluso cuando todo parece oscuro, es posible organizarse, resistir y darle la vuelta a la balanza de la relación de fuerzas. Estos ejemplos funcionan como señales: no sustituyen nuestro camino, pero nos recuerdan que existe un camino, aunque a veces sea difícil de encontrar.
Después lo colectivo. Toda empresa humana de valor es una empresa colectiva, y eso vale también para la lucha. Luchar es demasiado complejo para hacerlo solo. Tanto en los momentos de victoria como en los difíciles, necesitamos construir lo colectivo, porque eso es lo que transforma el "número" en fuerza. Lo colectivo nos permite compartir experiencias, aprender de los fracasos y superar el desánimo individual. Transforma un conjunto de experiencias dispersas en una fuerza organizada. Es lo que impide que nos repleguemos cada uno sobre sí mismo, lo que nos permite resistir cuando hay turbulencias y lo que nos ayuda a crecer cuando vencemos.
Las clases dominantes lo han comprendido: les da pavor que una clase, una juventud o un pueblo se organicen. Prefieren mil individuos aislados antes que una fuerza colectiva que aprende, se disciplina y transmite sus experiencias y aprendizajes. Por eso fomentan la competencia, la desconfianza y el que cada palo aguante su propia vela: para que la solidaridad nunca se convierta en poder.
Lo colectivo se construye en torno a objetivos comunes y a valores compartidos como la solidaridad, la honradez, el orgullo, la modestia, el respeto al trabajo o el amor por la ciencia. Sobre esta base, el fracaso se convierte en una oportunidad para salir reforzado, y las cualidades de los demás se convierten en fuentes de aprendizaje. Y este reflejo de lo colectivo está en todas partes: en la sección sindical, en el grupo de compañeros, en la asociación, en los círculos de estudiantes; en la celebración y en la acción; en la solidaridad y en la ayuda mutua; en los grupos de estudio para los exámenes; en todas aquellas ocasiones en las que nos encontramos y aprendemos a confiar los unos en los otros. Lo colectivo es aquello que transforma el calor de un momento en continuidad, y la rabia en capacidad para dejar huella.
Finalmente, un enfoque de análisis y un método de actuación. El optimismo se basa en un profundo conocimiento del mundo y de su evolución. En estos tiempos, necesitamos estudios y herramientas teóricas y prácticas para enmarcar nuestras acciones. El marxismo es indispensable si queremos comprender las contradicciones del momento y actuar sin perder el norte. Nos brindó, por primera vez, las herramientas necesarias para leer el movimiento real de la historia: el desarrollo de las fuerzas productivas -técnicas, tecnologías, conocimientos- y la lucha de clases. Dicho de otra manera: comprender qué está cambiando en el mundo y quién se enfrenta a este cambio.
Y el mundo está cambiando rápidamente en estos momentos. Como dice Peter Mertens, se tambalea: la emergencia del Sur global, los avances tecnológicos, los puntos de inflexión climáticos, el declive relativo del campo imperialista unido al resurgimiento de su agresividad -tanto internamente como en las relaciones internacionales-, el renacimiento del fascismo, y también la creciente integración de las luchas a escala internacional contra enemigos en común. En esta aceleración, el estudio y el método no son un lujo: son los puntos de referencia, las brújulas que nos impiden dar vueltas en círculo o convertirnos en pollos sin cabeza. Sin un mapa, confundimos la agitación efímera con la construcción paciente de un rumbo capaz de producir grandes cambios.
Este enfoque de análisis nos permite vincular nuestras luchas cotidianas por mejoras inmediatas a la lucha general por un cambio de sociedad profundo. Las primeras alimentan las ambiciones de la segunda. Y esta última le brinda un horizonte, un sentido y una coherencia a las primeras. Sin este vínculo, nos agotamos; con este vínculo, cada batalla -por pequeña que sea- se convierte en un paso que cuenta y que nos permite construir más y mejor: nuestro colectivo y nuestro proyecto de sociedad.
