Venezuela - El secuestro de un presidente : la fortaleza y la debilidad de Washington

Análisis
Author
Peter Mertens, Secretario general PVDA-PTB
www.ptb.be

Washington secuestra a un presidente de su palacio, no en un plató de rodaje, sino en un país soberano. Esta brutalidad revela a la vez miedo y debilidad. El miedo a que China refuerce su influencia en América Latina. Y la debilidad: cuando ya no puede imponer su voluntad a través de la diplomacia, recurre al secuestro como herramienta geopolítica.

 



Secuestrar a un presidente en ejercicio y extraditarlo a un tribunal extranjero, esto es lo que hace Washington, pero ahora ya abiertamente. No se trata de una película de Hollywood, sino de un país soberano. Atacando de noche, con bombarderos, aviones de caza, dispositivos de espionaje, drones, helicópteros y unidades de élite, en pleno corazón de Caracas. Esto no es una "escalada". Es un retorno al imperialismo gansteril del siglo XIX: imponer por la fuerza bruta lo que no se consigue por la diplomacia.

Los Estados Unidos han llevado a cabo una operación que el Pentágono denomina "extracción", lo cual es un eufemismo puesto que se trata de un secuestro. Los bombardeos de las bases de defensa antiaérea y de las instalaciones militares sirvieron como cortina de humo. El verdadero objetivo era otro: llevarse a Nicolás Maduro y a su esposa y exhibirlos como un trofeo, sin mandato alguno de las Naciones Unidas.

Quienquiera que normalice este acto de piratería, está soterrando el derecho internacional. Porque si se permite aquí, ¿por qué no habría de permitirse en otros sitios? Si "normalizamos" el hecho de que una gran potencia pueda sacar a un presidente de su palacio y llevárselo al otro lado del mar, entonces lo único que queda del Consejo de Seguridad y de la Carta de la ONU es un trozo de papel. Sólo impera una ley y es la ley del más fuerte. En un mundo así, nadie está a salvo.

La Carta de las Naciones Unidas prohíbe recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial de cualquier Estado. Punto. No hay "peros", ni siquiera para las grandes potencias. Sin esta base, todo se derrumba: los Estados entran en guerra en cuanto chocan, todas las reglas desaparecen y el resultado es un mundo lleno de Estados fallidos, señores de la guerra, grandes potencias desbocadas y una violencia y caos permanentes.

No se trata sólo de un ataque contra Venezuela. Es un ataque contra el principio según el cual diversos países con sistemas, intereses y culturas diferentes pueden, a pesar de todo, coexistir pacíficamente. Si se destruye este principio, no se obtiene un "orden" sino todo lo contrario: el caos y un estado de guerra permanente.

No hay invasión total, por miedo a las milicias populares armadas
Esta operación no es una invasión de ocupación clásica como las del siglo pasado. Esto no es un Panamá con años de ocupación, ni una Granada, ni la República Dominicana. Washington ha optado por otra forma: un ataque específico con un objetivo político explícito. Esto no es menos grave, al contrario.

Es importante, por tanto, ver también lo que no es: no es una invasión a gran escala que ponga a un país bajo una administración militar paso a paso. Es "otra cosa": una combinación de violencia de alta tecnología, neutralización de las capacidades de defensa e incursión de las unidades  de élite. La lógica es tan simple como brutal: decapitar a la dirección, romper la cadena de mando, sembrar el pánico y forzar una capitulación. El objetivo es hacerse con el botín sin enredarse en una larga guerra de ocupación o de guerrillas.

¿Por qué esta elección? Porque una invasión total conlleva el riesgo de una guerra costosa y sin salida. Venezuela no es Siria, ni Libia: el país es más homogéneo y la estructura del Estado más sólida, con capacidad real para seguir funcionando bajo presión. Además, existe una verdadera movilización popular: el llamamiento de Venezuela a ampliar las milicias bolivarianas ha desembocado en más de ocho millones de ciudadanos armados. Es un potente elemento disuasorio contra una guerra terrestre.

La realidad es que, incluso con el secuestro ilegal del presidente Maduro, Washington sigue sin controlar Venezuela. Los chavistas -llamados así por el predecesor de Maduro, Hugo Chávez- conservan el poder. Los pilares estratégicos -territorio, instituciones, recursos- siguen en manos del aparato oficial del Estado. No se crea ningún vacío de poder que les permita poner fácilmente a un títere a su servicio.

De momento, en las calles tampoco se ve la imagen de un país que se derrumba: no hay combates entre grupos militares enemigos, ni rebeliones, ni bloqueos como en 2014 y 2017. Las movilizaciones más visibles son las manifestaciones en favor del chavismo. Sin embargo, lo que sí crece es la incertidumbre. La gente hace acopio de alimentos y bienes de primera necesidad. Las familias intentan protegerse de la que se avecina. Éste suele ser el primer efecto social de un choque geopolítico: el miedo y no la "liberación".

No hay ninguna marioneta estadounidense creíble
Secuestrando a Maduro, Washington esperaba provocar deserciones, enfrentar a los miembros del gobierno entre sí, hacer que los generales dudaran unos de otros, provocar acusaciones de "traición" y hacer implosionar el conjunto del aparato estatal.

Pero este es precisamente el talón de Aquiles de Washington: no existe ningún actor local con suficiente base popular y capacidad para tomar las riendas del país al servicio de Estados Unidos. Venezuela no es un país en el que se pueda lanzar en paracaídas a un actor extranjero con vistas a un "cambio de régimen". Está mucho más cohesionada política, cultural y territorialmente que otros estados que Washington ya ha arrasado.

El propio Trump no se ha atrevido a proclamar un "líder legítimo de la oposición", como hizo en 2019. Al contrario: humilló a la líder de la oposición María Corina Machado, que se había presentado como la favorita de Washington durante años. Su juicio fue políticamente revelador: según Trump, Machado no tiene "el apoyo ni el respeto" de su propio país. Ahí lo tienen: Trump sabe que un títere de Estados Unidos no sería aceptado ni por la población ni por el ejército. Así que está intentando otra cosa: Estados Unidos gestionará la "transición" por sí mismo, como una especie de colonia.

Petróleo sí, democracia no
Tras la incursión, Trump hizo algo que normalmente los líderes occidentales tratan de ocultar: dijo claramente de qué se trataba. Ni "democracia", ni "derechos humanos", ni "asistencia humanitaria". Se trata de poder y de botín.

En su rueda de prensa, Trump fue muy claro. El objetivo es acceder a las mayores reservas de petróleo conocidas en el mundo, asegurarse el control geopolítico de toda la región y excluir a los rivales chinos y rusos de todo el hemisferio occidental. "Nuestro petróleo, nuestro patio trasero, nuestro hemisferio": Trump no se esconde. Todo vale con tal de asegurar intereses, control y recursos.

Por eso no es de extrañar que tanto el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu -responsable de un genocidio-, como el líder de la extrema derecha argentina, Javier Milei, aplaudieran estos crímenes de guerra calificándolos de "históricos" y "revolucionarios".

El ataque contra Venezuela no tenía que ver con las drogas, ni con los derechos humanos o la democracia, sino que giraba en torno a un único objetivo: impedir que las reservas petrolíferas venezolanas quedasen definitivamente fuera del control estadounidense y pasasen a manos de los BRICS -aquellos países del Sur global no alineados con el bloque occidental-. Venezuela se erige sobre aproximadamente 303 billones -303.000.000.000- de barriles de crudo: las mayores reservas probadas del mundo, que constituyen el 17% de las reservas mundiales. Lo que está en juego es evidente: quien controle Venezuela controlará una reserva estratégica dentro de un mundo donde la energía sigue significando poder. Washington no necesita este petróleo físicamente, sino que lo quiere, ante todo, es evitar que estas reservas vayan a parar -o se acaben quedando- en manos de China. Empresas chinas ya han reclamado miles de millones de barriles de petróleo venezolano que aún están bajo tierra y que no llegarán a ser explotadas plenamente hasta dentro de unos años. Trump quiere asegurarse de que esa futura producción quede bajo control de grupos estadounidenses.

La Doctrina Monroe: el hemisferio occidental como coto de caza
Lo que Estados Unidos está haciendo hoy no es más que lo que ellos mismos escribieron en su National Security Strategy (noviembre de 2025): el hemisferio occidental debe volver a convertirse en una esfera de influencia exclusiva. Este documento reaviva explícitamente la Doctrina Monroe: control total sobre el hemisferio occidental, desde el Cabo de Hornos en la Patagonia, hasta el casquete glaciar de Groenlandia. No porque Washington esté "preocupado", sino porque quiere mantener a raya a sus rivales. Cualquier país que diversifique sus relaciones -comercio con China, cooperación con Rusia, inversiones procedentes del Sur- es sospechoso, sancionado y amenazado.

Esta lógica es antigua, pero el adversario es nuevo. Mientras que la Doctrina Monroe original (1823) pretendía mantener a raya a los imperios europeos, la versión contemporánea se dirige principalmente contra China y, en menor medida, contra Rusia. Por lo tanto, Venezuela se convierte inevitablemente en un objetivo: no sólo por su energía y sus recursos, sino también porque se ha convertido en un símbolo como región que no quiere seguir atada a una única potencia.

Al mismo tiempo, el papel de China en la región ha crecido a través del comercio y la inversión en infraestructuras. El comercio de bienes entre China y América Latina ha pasado de unos 14 billones de dólares anuales en el año 2000, a 500 billones en el 2024. China es ahora el principal socio comercial de América Latina.

Este progreso brinda más espacio a los países: más puntos de venta, más alternativas y, por tanto, mayor margen de negociación. Pekín asocia esto cada vez más a la cooperación y la financiación. En el foro China-CELAC -una plataforma de diálogo con América Latina y el Caribe-, se anunciaron casi 10 billones de dólares en líneas de crédito, en yuanes, una señal de que el comercio y la inversión también pueden organizarse al margen del dólar. Y luego está la parte logística: una ruta marítima directa entre Guangzhou y Chancay (Perú) -un puerto construido por China-, que reducirá los costes del transporte en términos de tiempo y dinero. China también está ayudando a Venezuela con la reconstrucción de sus infraestructuras petrolíferas. El verano pasado, una empresa china prometió invertir otro billón de dólares en la reactivación de refinerías y en el desarrollo de nuevas fuentes.

Para Washington, éste es precisamente el problema: cada opción económica adicional en la región, reduce la influencia estadounidense. De ahí el recrudecimiento de su postura no sólo contra Venezuela, sino también como advertencia a todos los demás -México, Colombia, Brasil, Cuba, Nicaragua- e incluso a Dinamarca respecto de Groenlandia. Trump quiere enviar este mensaje a todos en la región: "Si queremos, te sacamos de tu palacio." No es una mera política de intimidación, es una lógica mafiosa a escala mundial.

"Jamás volveremos a ser colonia de ningún imperio"
El ataque de Trump contra Venezuela también revela su debilidad. Hay que reconocer que el poderío militar de los señores de la guerra del Pentágono es gigantesco y, por el momento, intocable en el mundo. Sin embargo, la emergencia de nuevas potencias económicas -especialmente China- despierta miedo en Washington. Además, la situación económica y social interna de Estados Unidos dista mucho de ser color de rosa. Esto está llevando a Trump a recurrir cada vez más y más al uso de la fuerza: desde que llegó al poder hace un año, ya ha bombardeado siete países distintos, además de los bombardeos contra buques en el mar Caribe y el océano Pacífico.

El secuestro de Maduro puede parecer espectacular, pero Washington no está logrando plenamente su objetivo: se suponía que el secuestro provocaría una "ruptura", pero esto aún no se ha producido. El gobierno venezolano sigue en pie, el ejército se mantiene leal y la estructura del Estado funciona. No es imposible que Washington suba otro peldaño más en la escalada de violencia. Si Estados Unidos no consigue producir una insurgencia interna, se esforzará aún más por deteriorar la vida cotidiana: estrangulando la economía con sanciones y bloqueos, saboteando infraestructuras críticas y llevando a cabo nuevos bombardeos e intervenciones para controlar yacimientos petrolíferos estratégicos.

Mientras tanto, Trump mantiene las sanciones al petróleo venezolano como palanca para obligar a Caracas a hacer concesiones totales. Y le envió un mensaje claro a la Presidenta encargada Delcy Rodríguez: quien quiera seguir la línea de Maduro debe ser consciente de que "le puede pasar lo mismo".

La Presidenta encargada Rodríguez no parece impresionada. Condenó la piratería estadounidense y exigió la liberación inmediata de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores: "Hay un solo presidente en este país y es Nicolás Maduro." "Jamás volveremos a ser colonia de ningún imperio", añadió.

Europa: el silencio es una forma de complicidad
En su nueva estrategia de seguridad, Estados Unidos también quiere sabotear toda forma de integración regional. Washington ve a los países que se reagrupan y hablan con una sola voz, como una amenaza directa a la dominación estadounidense. Por eso lleva años intentando debilitar proyectos como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC): enfrentando a unos países contra otros, ejerciendo presión y apoyando a aliados de extrema derecha, desde Argentina hasta Bolivia.

La misma receta se aplica ahora en Europa, abierta y descaradamente. Esto está escrito negro sobre blanco en el nuevo texto de seguridad. Lo que está en juego es evidente: lo menos posible de Unión Europea y, en su lugar, el mayor número posible de acuerdos bilaterales con distintos países por separado, para poder chantajear, aislar y subyugar más fácilmente. A quienes aceptan doblegarse se les concede acceso y privilegios y quienes se resisten son castigados. Para ahondar en esta división, las fuerzas de extrema derecha son cada vez más abiertamente mimadas y reforzadas -pensemos en el apoyo abierto a la AfD en Alemania-.

Todo esto también es un síntoma de la debilidad estadounidense. Quien está seguro de su hegemonía, no necesita sacar a un presidente de su palacio, no necesita enviar vicepresidentes a mítines de extrema derecha en Alemania, no necesita que los líderes de la OTAN le limpien los zapatos y le llamen "daddy" -'papi', como hizo el Secretario General Mark Rutte-. Washington avanza cada vez más rápido y con más fuerza hacia una política del espectáculo y de la "violencia de espectáculo", precisamente porque siente que su influencia se está aflojando debido al  ascenso de China, al desplazamiento de las rutas comerciales y a la diversificación de las opciones de otros países. Todo esto para gritar alto y claro: "Aquí seguimos mandando."

Europa no puede esconderse detrás de las palabras. Hablar de "desescalada" mientras calla acerca del crimen cometido no es diplomacia, es complicidad. Si los líderes europeos aplican el derecho internacional de forma selectiva -duros con los rivales, blandos con los aliados- están socavando el único escudo que protege a los países pequeños, incluidos ellos mismos. El precio es previsible: más chantaje, más política de sanciones y más violencia como forma de negociación. Groenlandia es la próxima víctima anunciada de esta sumisión.

Por tanto, solamente queda una elección: o bien normalizamos la piratería como doctrina de Estado, o bien trazamos una línea roja. Condenad el secuestro. Defended la soberanía de los países, aunque no os guste su gobierno. Haced que la Carta de la ONU vuelva a ser un límite inquebrantable y no una nota a pie de página. Porque en cuanto esto "pase" en Caracas, la cuestión no será si esto pasará en otros sitios, sino cuándo.
 

 

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